LA MEMORIA ME PERSIGUE

LA MEMORIA ME PERSIGUE

Por Manuel Zepeda Ramos


Cuando pasé el examen de admisión a la facultad de ingeniería de la UNAM hace más de 50 años -he dicho esto muchas veces-, lo hice con el aprendizaje adquirido en la secundaria del ICACH, más el conocimiento consolidado en la preparatoria de las materias duras:
matemáticas, física y química.


Para el principio de la década de los sesentas, el glorioso ICACH había adquirido un cuerpo de catedráticos de primer nivel que se reflejaba en los resultados académicos de sus alumnos, esos que con el tiempo se convirtieron en la segunda década del siglo XX en profesionales de las diferentes disciplinas que sirvieron y lo han seguido haciendo a la sociedad chiapaneca en todos los niveles profesionales. Ha sido el ICACH en primer término y la Pre Vocacional del Instituto Politécnico Nacional -nuestros grandes maestros enseñaban en ambas instituciones-, quienes aportaron también los cuadros políticos y administrativos que los gobiernos constituidos han tenido en sus periodos constitucionales. Los que fuimos formados por esos maestros y todavía vivimos, deberíamos pugnar por tener un monumento eterno a la memoria de esos maestros que dieron una enorme aportación al conocimiento necesario para servir a la sociedad chiapaneca. Ese monumento, ese altar a la inteligencia debería estar en el Paraninfo del viejo ICACH, el claustro que vio nuestros primeros éxitos.
Por las circunstancias y sucedidos de los últimos días que iniciaron minutos antes del final del 7 de septiembre, me he acordado mucho de don Eduardo J. Albores, cronista de Tuxtla, mi respetabilísimo maestro de Historia Universal y rector del ICACH.
Corría el último mes del año de 1970. Los exámenes parciales del octavo semestre en la facultad de ingeniería de la UNAM habían terminado y las posadas tuxtlecas estaban a punto de iniciar. A mis compañeros de carrera, hoy brillantes ingenieros, uno ya jubilado: Antonio Santiago del Castillo y Raúl Solis Castro -los dos chilangos, el primero hijo y nieto de Chiapaneco, de San Cristóbal-, los invité a pasar unos días a mi casa para que conocieran esta tierra maravillosa.
Aceptaron. Toño, gran motociclista -hace dos años nos reunimos en Papantla y llegó en su BMW 1200, 4 cilindros, a sus casi 70 años haciendo tres horas de México al Tajín-, trepó en el asiento de atrás al negro Solis y se dejaron venir a la capital de Chiapas, vía Oaxaca, en una BMW 500, en la que hicieron 10 horas sin parar.
Apenas se habían apeado de la moto cuando ya los estaba llevando a la casa de Don Eduardo para que el cronista de Tuxtla, quien con gusto los recibiría, les hablara de la memoria arquitectónica de Tuxtla.
Qué lejos estaba yo de saber la enorme vergüenza que pasaría por desconocer la historia de mi pueblo.
Nos ofreció café y nos recibió en el comedor de su casa en donde había pan tuxtleco y queso de Cintalapa.
Entramos en materia:
-Maestro, cuénteles usted por favor a estos futuros ingenieros que vienen de muy lejos sobre la arquitectura de Tuxtla. Dígales del Ateneo.
-Lo más importante del Ateneo era su frontispicio que el doctor Culebro lo mandó a tirar para hacer su hotel.
-Ah! Decía yo sin articular palabra, muerto de la pena. Y que les puede decir de la catedral de Tuxtla.
-Lo más importante de la Catedral fue el albañil que lo hizo.
-Ah! Ve pues. Y que nos dice usted de su bóveda.
-Caso tenía bóveda! Era de teja. La bóveda la hicieron después.
Entonces, al ver que no daba una, lacónico como él era, me dijo:
-Manolo, la memoria arquitectónica de Tuxtla no existe. Ciudadanos y autoridades de todos los tiempos, se han encargado de destruirla. Desde las enormes arcadas que rodeaban el centro de la Ciudad, y que la engalanaron todo el siglo XIX, hasta los Palacios, el arco de la entrada por el divisadero, la Penitenciaría y la Industrial, para mencionarles solo algunos. Pero no te apenes. Sí queda memoria arquitectónica: data de los años 40, del gobierno del doctor Rafael Pascasio Gamboa, el gobernador que construyó en Tuxtla. Hizo el ICACH en donde te di clase, las oficinas y el Paraninfo, la Normal, el Palacio Municipal y el Monumento a la Bandera. También hizo la Penitenciaría, pero la derruyeron. Pudo haber sido un espléndido museo de sitio. Sugiero conservarlas con todas las fuerzas. Es lo único que queda. Sería un crimen no hacerlo. A ustedes les corresponde.
Salí, después de tragar en seco el pan y el queso brindado y de agradecer a mi queridísimo maestro sus atenciones, lleno de vergüenza por el exabrupto de ignorancia supina exhibida. Me sentí como Chucho regañado y corrido a periodicazos. Fue la última de las enseñanzas recibidas de don Eduardo J. Albores, mi maestro querido. Al poco tiempo dejó de existir.
El 7 de septiembre revivió el asunto de la memoria tuxtleca. Ese día, el temblor de 8.2 Richter lastimó a varios edificios hechos cuando el doctor Pascasio: los dos del ICACH que miran a la segunda sur -en uno de ellos hay un mural de Héctor Ventura-, el Monumento a la bandera que perdió las cabezas de las dos estatuas que representan a Chiapas y a México y parece ser que también el edificio del viejo ayuntamiento, que hoy alberga al Museo de la Ciudad.
Las informaciones no son halagüeñas. Existe el rumor de que pudieran derruirse los dos edificios del ICACH y las opiniones del Monumento a la Bandera y el Museo de la Ciudad Tampoco son buenas.
Los que estudiamos en el ICACH estamos ciertos de que los edificios mencionados pudieran estar lastimados. Pero también sabemos que esos edificios pudieran ser reparados. Y quedar en perfectas condiciones. El diseño estructural ha avanzado enormemente. Las Torres de Tlatelolco, que en el terremoto del 85 quedaron para ser derruidas, fueron estructuralmente arregladas. Aguantaron muy bien la sacudida sin ninguna lastimadura. 
Hay ingenieros que estudiaron en el ICACH y que hoy son vanguardia en el diseño de estructuras. Pueden hacer un avalúo profundo y serio, antes de pensar en derruir la poca memoria histórica que nos queda depositada en sus edificios.
Creo que sería un crimen de lesa arquitectura tuxtleca no hacerlo.
Como solía decir Eraclio Zepeda: somos mucho pueblo para la derrota.
Ahí lo ven.

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